Esos malditos monstruos

No me entra en la cabeza. De verdad, no consigo comprender. Será que soy una persona y ellos unos malditos monstruos. No quiero odiarles. No voy a consentir que me contagien aunque estén por todas partes. Les llaman ‘hijos de puta’ -¿qué culpa tienen sus madres?-. Hoy han sembrado el terror en Bruselas, pero también lo habrán hecho, con toda seguridad, en esa parte del mundo que nos importa normalmente una mierda. Día tras día matan a sus mujeres, tiran a sus bebés a la basura, golpean a ancianos, persiguen a homosexuales, abandonan a animales, bombardean a familias. En España, África, India, Oriente Próximo, China. El lugar da igual. Son los mismos monstruos sin corazón.

El pequeño Unai, mi sobrino, va a llegar este mismo mes a un mundo roto. Y de manera innata lo hará llorando, como si su inocencia natural captase, desde la primera bocanada, que aquí el aire está podrido. Siento escalofríos si pienso que su primer lamento no será el último. Sí, claro que las lágrimas son parte de la vida, que Unai llorará porque le duele esto o aquello, porque le han quitado o roto su juguete favorito, por una despedida o un desamor. Pero me resisto a aceptar que le duela el mundo como me hiere a mí, que siendo un niño, que es la pureza más absoluta, tenga que soportar la bestialidad de unos adultos que son seres, pero que no tienen nada de humanos.

Y esto, que cada vez es más ‘natural’ en nuestro propio ombligo, es la desgarradora realidad diaria allí donde nuestro puñetero egoísmo no empatiza. Hay personas huyendo del horror por todas partes. Basta ya. No podemos salvar el mundo entero, pero desde luego podemos socorrer a nuestro corazón y eso es suficiente para contagiar a los que nos rodean. Puede que mi propuesta te parezca una tontada inútil y ‘happy flower’, pero, piénsalo, un poco con otro poco al final es mucho. Si tú también detestas a esos malditos monstruos, no te pongas la banderita del último país en el que desgarraron a inocentes, simplemente actúa. No te quedes parado, por favor. Es suficiente con un gesto, un abrazo, un beso, una sonrisa, un ‘gracias’, un ‘por favor’, un piropo, sujetar la puerta del ascensor, ceder un asiento en el autobús, escuchar. Es suficiente con que, a ratitos, vuelvas a pensar como un bebé, o, mejor aún, a no pensar. Sólo a sentir. Amor puro. Y así, sí: Unai, puedes llegar cuando quieras.

4 Comentarios

  1. Anónimo

    Gracias por la sensibilidad que recorre tus venas en esa doble circulacion,menor y mayor.GRACIAS .

  2. Alber Dlc

    Me ha encantado y comparto tu propuesta al 100%. Para mi no es ninguna tontería porque los cambios vienen de la suma de pequeños gestos. Cuenta conmigo ?

    • ¡Bien! Uno más 🙂 ¡Qué alegría encontrarme con gente bonita por las redes!

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