Los ojos del maratón

Sevilla. 22 de febrero. 9.36 horas. Avenida Concejal Alberto Jiménez-Becerril. 11.000 locos se abren paso entre palmas para sufrir/disfrutar de 42.195 metros.

Llamémosle Lola. Por ponerle un nombre. Uno que le quede bien. Es bajita y ronda los 70. Sostiene una tablet en alto con un dedo preparado para disparar. No puede aplaudir porque tiene las manos ocupadas, pero sonríe y anima a todo aquel que pasa. Alguien le grita: “¡¡Carmen!! ¡¡Eh, Carmen!! ¡¡Estoy aquí!!”. Pero Carmen -vaya, no se llamaba Lola- no le oye y sigue atenta a un objetivo que ya ha pasado. De pronto, el susodicho regresa sobre sus pasos y llama su atención de nuevo: “¡¡Carmen, que no te enteras!!”, exclama mientras aletea los brazos a medio metro de la mujer. Ella hace malabares con el iPad mientras libera una mano del aparato para saludarle. “Era mi marido. No le había visto pasar. Creo que de los nervios ni siquiera le he sacado”, comenta disgustada al mismo tiempo que consulta la pantalla. “No, no le he grabado. Vaya coraje, niña”, se lamenta. Niega con la cabeza una y otra vez. Nadie puede consolarla, ni siquiera el hecho de que tras ella un fotógrafo profesional ha logrado pillar el instante. Carmen es la reportera oficial de la familia.

Marcos y Rubén. Nombres ficticios, otra vez. Unos 5 y 9 años. Agitan compulsivamente unas carracas del infierno. Preguntan 10 veces por minuto que “¿cuándo llegará papá?”. Suspiran al unísono cuando su madre les responde: “Ahora. Creo que ya le veo”. No, no es papá. Y no, ellos no se lo habían creído. Siguen con las carracas y la impaciencia. A los 10 minutos, llega. Marcos y Rubén chocan sus manitas con la de su progenitor. “Veeeenga, papi, que te han adelantado muchos. Vas casi el último”, dice uno de ellos con una sonrisa desdentada. Son los ‘animadores’.

¡Vamos Silvia!”, jalea ¿Carlos? al paso de una corredora. Esta le lanza una cinta: “Guárdamela, por fa”, le pide entre jadeos. Él la recoge y la suma al montón de ropa que ya sostiene en el brazo. Se las apaña para aplaudir mientras ella se aleja. Ejerce de perchero oficial en las carreras de su mujer.

Sevilla. 22 de febrero. 11.10 horas. Estadio de La Cartuja. Los locos pros atraviesan ya la meta.

Un grupo de amigos treintañeros  -Luis, Jaime, Miguel y Darío, por ejemplo- hacen la ola desde la grada cuando cruza la línea un tal Paco: “¡Qué artista!”. La lían un rato, hasta que Paco aparece como pisando huevos. Le abrazan, le hacen reverencias y a él se le escapan las lágrimas tras superar la distancia de Filípides por primera vez. Son los fans del amigo deportista.

Eva sostiene al que podría ser su hermano, por el parecido de sus rasgos, envuelto en un plástico amarillo. “No te preocupes, otra vez será. A la próxima te tomas la revancha”, le consuela. Él sorbe los mocos y dice cosas como que “tanto entrenar para nada”, “el hombre del mazo me esperaba en 27”, “he petado”, “los de los globos no llevaban bien el ritmo”. Eva escucha en silencio, le da un beso en la mejilla y le revuelve el pelo. Es el mejor ‘kleenex’ para el disgusto de su hermano.

Los padres de Marta acaban de colgar el móvil. Tienen que ir a buscar a su hija al kilómetro 32. Una inoportuna caída le ha dejado sentada en la acera, con el dorsal en la mano y la rabia empapándole la cara. Lo ha intentado, pero ha sido imposible volver a encadenar dos zancadas seguidas. Sin quererlo, los padres de Marta se convierten en las muletas del ego del retirado.

Llamémosle Saioa. Nombre real. Ha pasado nervios antes de la salida asistiendo al ritual del maratoniano -sé que es ‘maratonista’, pero el término no me gusta-. Vaselina, expulsión de excrementos, colocación del dorsal y los geles. Ha sentido la piel de gallina cuando los valientes esperaban el pistoletazo. Ha cojeado de un lado para otro para llegar a dar un empujoncito a todos sus conocidos. Y ahora se emociona cuando es testigo del esfuerzo, el sacrificio, las mejores marcas personales, la superación, el orgullo, las agallas, la alegría, los últimos sprints, las medallas, las dedicatorias, la recompensa. Saioa es la masoca, la lesionada que se cruza España para animar en un aunque ella no puede correr. Una futura loca de los 42. Esa soy yo.

Detrás de los 11.000 chiflados de Sevilla hay al menos el doble de ojos que les acompañan, fotografían, esperan, animan o consuelan. Ellos también crean la magia del maratón.

FOTO | Charcodelocos

4 Comentarios

  1. novatillototal

    En ocasiones estás tan metido en carrera que no te das cuenta de las historias que se viven al otro lado de la valla.
    Otras veces eres más consciente, ves las sonrisas, ves los carteles escritos por los niños… “ánimo mamá” “ánimo papá”. Oyes los agobios “no sé si no habrá pasado ya”, “mira ahí viene el globo de 3.30 tiene que estar ahí”, ves esas cámaras de fotos que las bajan a tu paso porque “tú no eres quien buscan”….
    Todo eso es maratón, también es maratón, y me gusta que nos lo cuentes así de bien…
    Un abrazo cojita…

    PD. No sé que me da que te ha picado el bichito ese del maratón y que alguna vez serás tú a la que te busquen los del otro lado de la valla.

  2. Ramón Montes

    Qué bonito trabajo Saioa, periodista de raza…

  3. Alex Nenikekamen (@alexcorrerias)

    Me ha encantado Saioa, todo eso lo he visto y lo he oído. Me traen recuerdos de escenas vividas con mi familia. Maratón es esas personas que nos quieren y ejercen de guardarropa, fotógrafo, paño de lágrimas, animadores…
    Oí mi nombre al lado derecho devolví el saludo pero iba tan concentrado en mi gemelo, en el ritmo y las puñeteras gafas que se me empañaban que no me dí cuenta que eras tú, me tenía que haber quedado allí, total solo seguí 3 kilómetros más…

  4. serralvix

    Saioa, muy bueno. Ya te dije hace tiempo que eres carne de maratón y comparto con Novatillo que te ha picado el bichito definitivamente. Gran escrito abarcando el amplio abanico de situaciones que sufren los populares maratonianos.

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