La ‘Happy Family’ en Barcelona

Como dice Marina: “Yo no soy bien, nunca lo he sido y no lo voy a ser ahora”. Eso en mi caso también es así, para qué nos vamos a engañar, pero es que mi familia tampoco lo es. “De tal palo, tal astilla”, dicen. Y vaya si se cumple. Para vuestro regocijo, tengo un vídeo que lo corrobora.

Paciencia. Primero os doy la vara un poco con cómo visitar  en dos días con cuatro navarricos -robo a ‘tortilla armada’ incluido- y luego os hartáis de reír con la ‘Happy family’ -nombre oficial de nuestro grupo de Whatsapp-.

La única foto de la ‘Happy Family’ al completo en Barcelona

El pater -JuanPe- me pidió que diseñase un plan para visitar la capital condal. Yo me esmeré en organizar los tres días y, una vez allí, él se encargó de pasarse mis rutas por donde la espalda pierde su casto nombre. Vamos, que aquí manda JuanPe y si no se enfurruña -cuando lea esto, me va a gruñir mucho-. El caso es que debo reconocer que entre el uno y el otro salió una cosa bastante decente. ¿Nos acompañáis? Si eso, poneos zapatillas, nosotros vamos a pata a todos lados. Y rapidito. Un, dos. Un, dos. Un, dos. Ale, allá vamos.

Tarde Güell

Con el campamento base a dos pasos de la Sagrada Familia, ponemos rumbo al Parque Güell. Más os vale que tengáis los pulmones activos porque si no os pasará como a Jaione -mi hermana-, los tomates a su lado son paliduchos. Tranquilos, subir la cuestarraca merece la pena y tampoco es para tanto, que la pequeña de la familia es una exagerá.

Vistas desde el Parque Güell

Cuando alcanzamos la ‘cima’, nos topamos con que hay que sacar la cartera para visitar la parte central del parque. Como nosotros somos guayísimos -y más agarrados que los propios catalanes-, por supuesto, no pagamos. Eh, pero en otra visita anterior ya lo habíamos visto. Muy bonito, oigan. En esta ocasión, nos limitamos a pasear por la zona gratuita, que, por otra parte, incluye unas vistas molonas desde el mirador de Virolai. Fotito por aquí, vídeo por allá y vuelta a las calles de Barcelona a hidratarnos. Cuatro cañas, por favor. Con este objetivo nos adentramos en el barrio de Gràcia, una zona muy recomendada para tapear. Y así se hace la hora de planchar la oreja. ZzzzZzzzz.

Buenos días, encanto

La magia de Barcelona reside en la Ciutat Vella, nuestro destino mañanero. Pero primero, levantamos la vista hasta los pináculos que ponen el broche de oro a las torres de la Sagrada Familia. A nuestro al rededor, decenas de chinos se fotografían desde ángulos imposibles con la gran obra inconclusa de Gaudí. Intentan tapar lo inevitable, las grúas que afean tanto la imagen del templo.

Le dijimos a JuanPe que sacase toda la fachada. Ejem, ejem

Nuestros pasos nos guían hasta la Plaza de Cataluña, sorteamos a las ratas con alas que hay quien llama palomas -lo siento, pero las odio- y bajamos por las Ramblas. A los curiosos/cotillas no nos da la vida para meter un repaso a tanta gente, así que hacemos una pausa en el Mercado de la Boquería. Y allí sí que se deleitan mis sentidos y lo escrutan todo: es una explosión de olores, colores, sabores y conversaciones que se entremezclan en un lugar único. Salimos por la puerta que comunica con el Raval, un barrio tan multicultural y auténtico como canalla y, por ende, inseguro. A pesar de todo, lo recomiendo. A mí me encantan los comercios de distintas etnias que dan vidilla a sus calles.

Una calle encantadora del Barrio Gótico

Explosión de color en el mercado de La Boquería

Lo siguiente, es reponer fuerzas en el Barrio Gótico. Y aquí es cuando nos atracan: cuatro pintxos de tortilla + cuatro cañas = 27 euros. ¿Hola? Todavía no salgo de mi asombro. Más vale que Cris -mi madre- tiene recursos para sacarles los colores -recordad, “de tal palo, tal astilla”. Un poco aturdidos por el robo en la tasca de cuyo nombre no quiero acordarme, vagamos por las calles de la parte más antigua de la ciudad: la Catedral, la Plaza Real, Santa María del Mar, peluquerías de toda la vida, rincones con encanto, librerías antiguas… Es fácil perderse en el hechizo de este laberinto y no querer encontrar la salida. Pero el estómago vuelve a rugir y el hambre nos lleva como hipnotizados hasta la Barceloneta.

Del mar… a Gaudí

Para hacer la digestión, un paseo al sol que más calienta por el puerto, vigilados por Colón. Con el impulso de las olas mediterráneas, deshacemos las Ramblas y nos quedamos eclipsados con la casa Batlló. Cómo se lo curra Gaudí. Olé. Continuamos hacia la Pedrera, pero -oh, oh…- está cubierta por una gran lona. Resignados, no nos queda más remedio que irnos de cañas a nuestro barrio catalán, la Sagrada Familia, en donde, además, son fiestas.

Fiestas de la Sagrada Familia

Adiós, Barcelona

Como no podía ser de otra manera, mi despedida son 8 kilómetros de running por el paseo marítimo de la Barceloneta. Un lujo, sólo empañado por los millones de semáforos en los que hay que parar para no morir atropellada en una de las laaaaaargas avenidas de la ciudad. Para quienes pasan de correr, propongo una visita a Montjuic. Barcelona mola. Mucho. Y punto. Pero nosotros más. Dale al play.

3 Comentarios

  1. Alba (quiero decir, Sandía)

    Qué guay el vídeo :-). ¡Sois una Happy Family muy graciosa, ciervo!

    • Molamos casi casi como tú 😉

  2. JaviEche

    Grandioso!!!! No puedo parar de reír jajajajajaja! Sois muy grandes

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