Furgoperfectos: cinco días por la Costa Brava

Ay, Pamplona, qué alicaídos nos tienes. Otra cosica era la Costa Brava… ¡Joder, la crónica furgoperfecta! (Cómo me mola hacerme la despistada). Lo sé, lo sé, os debía un relato rechulón de mi escapada en furgoneta por ese enclave privilegiado de Girona, y hoy que mi ciudad natal parece la Venecia española -así como Ampuriabrava pero más improvisada-, pues ale, como dice mi compañero El Forofillo, a darle a la tecla.

Para que os hagáis una idea, recorrimos 1.600 kilómetros en 5 días. Lo que significa que salimos de Pamplona un martes por la noche y, tras pasar por Blanes, Tossa de Mar, Platja d’Aro, Calella de Palafrugell, Aigua Xelida, Playa Fonda, Aiguablava, Begur, Pals, Peratallada, La Bisbal d’Empordá, Monells, Cala Montgó, Ampuriabrava, Rosas, Port de la Selva, Cadaqués y el Cap de Creus, deshicimos el camino y vuelta a la Vieja Iruña.

La tierra que engendró e inspiró el talento excéntrico de Salvador Dalí logró dejarme ojiplática en cuatro ocasiones, que hoy se traducen en los cuatro rincones con encanto que os recomiendo fervientemente.

La VanVan comienza la ruta atravesando Blanes, la puerta de la Costa Brava; continúa por Tossa de Mar, demasiado turística para mi enoclofobia selectiva; deja atrás Platja d’Aro, ciudad comercial y de vacaciones; para asistir a un atardecer de película en la arena dorada de un pueblecito de pescadores ubicado en el Bajo Ampurdán. Si Joan Manuel Serrat compuso allí ‘Mediterráneo’, algo tendrá Calella de Palafrugell. Salpicada de casitas blancas y teñida por las aguas turquesas de un mar en calma, la localidad dibuja un paisaje pintoresco y marinero en mitad de la Costa Brava digno de reseñar.

A continuación, nos detenemos por casualidad en el lugar que inmediatamente elijo para disfrutar mi jubilación, la cala de Aigua-Xelida. Un sendero rodeado de pinos que nace en un aparcamiento de asfalto se trifurca hacia tres íntimas calas. En la del medio, un pescador repara su flota en un pequeño embarcadero incrustado en las rocas y custodiado por una puerta de madera rojiza decolorada por el sol. El mar Mediterráneo se presenta allí transparente. Saltamos de roca en roca para adentrarnos en esa maravilla cristalina y asistimos atónitos a la vida submarina de la fauna y la flora en ese enclave orgíastico para los sentidos.

Abandonamos el litoral para profundizar en lo que nosotros denominamos la Costa Brava medieval: Begur, Pals, Peratallada y Monells. Paseamos por pueblos amurallados, presididos por castillos e iglesias fortificadas y compuestos por sinuosas calles de piedra, plazas repletas de arcos y paredes conquistadas por las hiedras.

Regresamos frente al mar. Cadaqués me decepciona. Mis recuerdos infantiles lo tenían en tan alta estima que una vez allí se desploman. Una vez más, la fobia intermitente que siento hacia las multitudes se esconde tras mi chasco. Contribuye también a ello el hecho de que, aunque no los vemos apostados sobre los tejados, las señales indican que los francotiradores están allí, escondidos, esperando que una caravana o furgoneta traspase el límite para disparar. Puag, qué manía persecutoria tiene la policía con VanVan y sus primas hermanas: ‘Coches-cama no’.

Para bordar el viaje continuamos hacia el Cap de Creus, el lugar donde los Pirineos se fusionan con el mar, el punto más oriental de la Península Ibérica. Allí descansa la reserva natural del Paraje de Tudela. Mientras caminamos por este paisaje con cierto regusto lunático, unos domingueros nos sirven de guías y nos dan una lección: la ciudad de vacaciones del Club Mediterranée pobló este enclave privilegiado de alto interés geológico, hasta que el Ministerio de Medio Ambiente compró en 2005 la propiedad y comenzó las obras de restauración que han eliminado 443 edificaciones de la zona. Las casas llevaban dos años deshabitadas. Nadie murió. No fue un exterminio. Sin embargo, tengo la sensación de que aquello es un cementerio de historias y me siento desbordada por una nostalgia que ni siquiera me pertenece. El lugar me resulta místico, mágico y quimérico al mismo tiempo, y tiene que serlo para inspirar ‘El gran masturbador’ del enorme Salvador Dalí.

6 Comentarios

  1. BEA

    Aupa, yo tambien soy de Navarra, mirando informacion para saber como esta la cosa para ir en furgoneta o autocaravana por la costa brava, he dado con tu reflexion. Mi cuestion sigue siendo la misma. Es totalmente necesario esconderse, no se puede aparcar en cualquier mirador y dormir ahi?

    te agradeceria que me informaras sobre esto, porque estoy pensando en alquilar una furgoneta o autocaravana con unas colegas yyyy esta es mi duda. Muchas gracias.

    • ¡Aupa Bea!

      Puedes jugártela, pero en la Costa Brava están muy al tanto y van a cazar a las furgos… Si lo haces, yo aparcaría en una calle normal, sin levantar el techo (si es que es tienes ese tipo de furgo) y sin dar señas de que estáis dentro. Más que iros a un sitio solitario, que ya se sabe que estáis durmiendo dentro. Espero que te sirva 🙂

  2. juan

    dios qué forma más pedante de escribir

    • Obvio, es lo que tiene un blog personal. De todas formas, con no leerme, solucionado 🙂

  3. javi

    Buenas Saioa, gracias por el articulo. Voy a la Costa Brava en breve con furgo y tendre en cuenta tus impresiones.

  4. Daniel Palomino

    Kaixo!!! En Cadaqués hay un parking enorme al lado del camping y del cementerio donde van las autocaravanas y furgos a pernoctar… Eso sí, por el pueblo no se puede!

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