De furgoperfectos por Cantabria

Tras dos días de procesiones como castigo del destino por perder la fe, salgo de trabajar cuando el reloj del diario marca las 22.00. Aitor ya ha jugado su particular partida de Tetris con sus cosas y espera a que yo llegue para hacer lo propio con las mías y, así, poner rumbo a . Esta vez la música ya está elegida, así que mi función es evitar que el conductor de la VanVan se duerma y comerme un bocata de chorizo. Hablo, mastico, hablo, después trago y por último suministro bebidas energéticas a mi compinche. Me paso de distracciones y nos equivocamos de salida en Vitoria, de manera que sufrimos un puerto de montaña, con la noche encima, niebla profunda y agua a cántaros. Ah, y camiones, jodidos camiones que me persiguen a todas partes. Pese a todo, a las 3 de la mañana llegamos a nuestro destino. Un parking furgoperfecto muy cerquita de Potes, junto al monasterio de San Toribio de Liébana.

Por la mañana, Aitor amanece con un año más y el día promete tener una hora menos. Así que amanecemos temprano y aprovechamos para visitar la iglesia y el convento del tal Toribio que presume de albergar un trocito de la cruz de Cristo. Un lugar con el voto de pobreza muy al día: teles de plasma y limosnas mínimas de un euro. ¿Céntimos? Pá qué, si se quedan entre diente y diente. Eso sí, el entorno, con las cumbres teñidas de blanco, precioso. Y yo sin tarjeta en la cámara por mi mala memoria.

La segunda parada del día nos catapulta al teleférico de Fuente Dé. Tras una hora de espera, subimos a un cachibache rojo junto a 18 personas taquicárdicas más. Asciende durante 4 minutos a 1.823 metros por un cable que yo, por eso de que soy gafe, temo que se parta. Mi mala suerte descansa esta vez y llegamos arriba: unas vistas increíbles en el corazón de los Picos de Europa y mucha nieve, con el consiguiente frío y las fotitos de rigor (con el móvil, por eso de la amnesia caprichosa e inoportuna que padezco).

El jolgorio de la villa de Potes nos recibe justo cuando el rugido de mis tripas apunta la hora de comer. Después de serpentear por callejuelas de piedra y musgo, escogemos el que es, casi seguro, el peor servicio de restaurante de toda la comarca, pero el cocido montañés reconforta y, oiga, mientras la panza esté contenta… pelillos a la mar, o al río Deva, es igual. Una tirolina sobre su afluente congrega a los turistas en torno al puente de la localidad. Y allí, pasando envidia de quienes se animan a equiparse con un casco y un arnés, nosotros padecemos también la modorra.

El punto que dibuja la villa marinera de San Vicente de la Barquera en el mapa no supone ni tan siquiera un esbozo en nuestra ruta, pero reestructuramos los planes y lo marcamos con una chincheta. La riada nos deja sin termas naturales, por eso optamos por el pueblo de Bustamante como alternativa para pasar la tarde. He recuperado la memoria -la de la cámara, claro- gracias a un bazar chino, y la resentida rodilla de Aitor quiere patear mi afán por fotografiarlo todo: el Castillo, las rías, el puerto pesquero y una supuesta procesión marítima que finalmente no es tal y nos deja con cara de pardillos durante media hora.

Decidimos que el mejor sitio para pernoctar y para que Aitor sople las velas es el rincón más rústico de Cantabria, Bárcena Mayor. Se trata de un pueblecito de ensueño con casas de cuento que a mi me fascina. Allí, la VanVan coge fuerzas junto a un campamento de furgonetas piragüeras.

Amanecemos con el mugido de una vaca en un prado cercano. La noche nos ha robado 60 minutos de sueño por el cambio de hora y nosotros vamos a exprimirle al día todos los segundos que podamos. Trasladamos la expedición hasta Santillana del Mar, la villa de las tres mentiras: ni es santa, ni llana, ni tiene mar, pero sí un casco histórico, pedregoso y medieval, al que, en contra de nuestros planes, volveremos por la noche. Comillas, con el Capricho de Gaudí como referente, y el contorno que esculpe el oleaje en las calas cántabras son el postre perfecto para un día tostado por el sol.

Hoy, segundo día, empezamos a sentir la necesidad casi urgente de una ducha, pero el invierno y la primavera mantienen el cartel de cerrado en los cámpings playeros hasta el verano. Así que volvemos sobre nuestros pasos y Santillana nos recibe de nuevo con los brazos abiertos. Instalamos el chiringuito en la parcela, me congelo bajo el agua, cocino unos macarrones, Aitor deja secando las chancletas sobre las ruedas de la furgo y me recuerda que están allí para que mañana no se nos olviden, cenamos, bebemos Voll-Damm, paseamos, dormimos, llueve durante la noche, recogemos, ponemos rumbo a Cabárceno y se nos olvida algo. Efectivamente, las chancletas. Ahora están pisoteadas por las ruedas y bañadas en barro como dos cerditos de plástico azul. JAJAJAJAJA. Muero de risa durante un minuto hasta llorar. Y seguimos. En Cabárceno soy una niña más, o más que una niña. ¡Ayyyyy, mira qué mono! ¡Ayyyyy, qué bonita esa jirafa! ¡Ayyyyy, tortugas! ¡Ay, ay, ay, que se nos han acabado las vacaciones…!

  • Facebook y mi canal de Youtube son los sitios en los que cuelgo los vídeos en primicia. Si no te los quieres perder, ¡pincha en ‘Me gusta’ o suscríbete al canal.

Imágenes | Charcodelocos y Aitorcialized

Deja un comentario