Smarfons y patatófonos

Recuerdo que cuando tenía el móvil ese rojo, con teclado del de toda la vida, aunque con pantalla a todo color deslizable hacia arriba y mil pijadas más, juré y perjuré que mi próxima adquisición móvil sería un patatófono con lo justo y necesario para llamar y tener unas relaciones sociales plenas.

Llegó el momento y nanai, me cambié de compañía y cogí uno con pantalla táctil y todos esos widgets que al final no te dan de comer, pero ahí los tienes todos bien puestos decorando la pantalla.

Pasó poco tiempo, 14 meses, y sin necesidad alguna, por gentileza de un biker artajonés muy apañao él, me hice dueña y señora de un smarfon blanco: con treinta y tres mil quinientas diecinueve aplicaciones muy útiles para dejar de tener vida social y pasar a vivir una realidad digital. Entré en el bucle, pero dejé la cabeza fuera. Di la espalda a las famosas tarifas de datos, todo un logro. Más que nada para dar descanso a las teclas de vez en cuando y desarrollar la capacidad de captar lo que está ocurriendo fuera mientras whatsappeamos.

Y entre tonterías y tontadas vivimos atontados en una burbuja repleta de twitts, feisbuk y panderetas.  Estoy casi completamente segura de que en Grecia no hay smarfons, pero sí patatófonos para lanzar contra la realidad si faltan piedras. Y despertadores, también tienen de eso. Nosotros, mientras tanto, seguimos dormidos.

 

Imagen | Cuantarazon.com

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