Olor a condena

Ayer tuve la oportunidad de entrar por primera y última vez a la antigua cárcel de Pamplona junto a otros periodistas, horas antes de que comenzase su derribo. He contado mi experiencia en Diario de Navarra y ahora me gustaría compartirla aquí. Así que ahí va.

Echo un vistazo al letrero y entro deprisa. El lugar me intimida. Si la tristeza, el miedo y la soledad tuviesen un olor podría ser el que permanece cautivo entre las paredes de la antigua cárcel de Pamplona.
Accedo al edificio junto a otros periodistas que forman parte de la visita a este emblemático edificio de la capital foral. Observo todo como un turista en ciudad ajena o como quien cree necesitar sentidos extra para captarlo todo. En realidad así es. Los cinco que tengo se encuentran abrumados ante tanto vacío, ante tanto silencio.

En un primer momento cuesta acostumbrarse a la penumbra. La luz está cortada, pero pequeños rayos de sol consiguen abrirse hueco entre las rejas de los ventanucos para ayudar a intuir el camino, la siguiente estancia, el siguiente rincón. Porque las habitaciones son apenas eso, rincones de 10 metros cuadrados con una litera, un escritorio, una estantería, un corcho, un retrete y un lavabo. Todo resulta austero y claustrofóbico.

En algunas celdas todavía permanecen recuerdos de quienes las habitaron: cuchillas de afeitar, evangelios, revistas para todo tipo de moral, calendarios marcados con las citas para ver a las familias, estampas religiosas, pegatinas de Osasuna, dibujos que reflejan los sentimientos más profundos, los secretos más íntimos… Tras las ventanas, el patio. Tras las puertas, el corredor. Dos salidas a medias. Porque el laberinto de rejas continúa ahí afuera. Aunque sé que no me quedaré encerrada, que puedo salir cuando quiera, siento en mi propia piel el agobio innato de un lugar como este.

Salgo al pasillo y casi puedo ver a Malamadre (Luis Tosar) preparando el motín carcelario de ‘Celda 211’, pero aquí ahora mismo, sin presos desde junio, la revuelta no tendría sentido. El escenario es parecido. Varios corredores con tres alturas de pisos a cada lado acogen los 250 habitáculos con sus respectivos números a la entrada. Azul, amarillo y blanco, los tres colores dan un toque de alegría a un entorno que no entiende de esto. Un pasillo estrecho e inclinado hacia el lado de la barandilla une las estancias a modo de balcón. Y, en el medio, una garita de seguridad vigila todo.

Parece que la vida está allí ahora pausada y que tarde o temprano continuará, como si el desalojo sólo fuese para un ratito nada más. En uno de los tres patios, un balón atrapado en la red se niega a caer de la canasta y unas zapatillas olvidadas esperan en el alfeizar de una ventana a que alguien las calce para el próximo partido. Allí, un mural dibuja la palabra “libertad” buscando la mirada de un interno que ansíe su llegada. En el comedor, unos trozos de pan duro aguardan el siguiente bocado y las huellas de manos y besos marcadas en el vidrio del locutorio durante las visitas añoran una nueva caricia a través del cristal. Pero la vida sigue y no es aquí.

También vivieron mujeres entre estas paredes. Su módulo resulta menos frío y más confortable. Sobre todo el patio, con una zona acristalada acondicionada con televisión y sofás que recuerda a un club de jubilados. Las paredes y suelos son de mármol rojizo y las celdas tienen una cama y carecen de baño en el interior. Por lo demás, todo igual: vestigios de vigilancia y ausencia de libertad.

Me asomo a la peluquería. Resulta paradójico que a sus puertas un letrero exija a los presos acceder al lugar duchados, cuando es el vivo retrato de la suciedad. En realidad, la porquería y sus comensales más fieles, las palomas, se han apoderado de todo. Cuando ya siento que no puedo acostumbrarme a ese olor a condena que lo inunda todo, salgo. Mis ojos tardan en acostumbrase a la luz e incluso estornudo por los rayos de sol. Me alejo como quien acaba de asistir a un entierro. Y ahora, tras leer la noticia de la demolición, entiendo que así fue.

Imagen | Calleja

2 Comentarios

  1. Anonymous

    Solamente viendo el reportaje me estremezco, él ser humano jamas deberia verse en situacionés semejantes.Enhorabuena me ha gustado mucho.

    • Muchas gracias, Anónimo.

      Es un texto que me hizo especial ilusión escribirlo, así que también me hace especial ilusión que a la gente le guste.

      La sensación se sentirte ahí adentro es justo eso: estremecedora. Aunque sepas que puedes salir corriendo de ahí si quieres.

      ¡Un saludo!

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