El último suspiro de un pueblo abandonado

El “señor de la huerta” se resiste, se aferra al pasado, se niega a abandonar al antojo de la naturaleza y del la tierra en la que pasó la mayor parte de su vida.
 
Al “señor de la huerta”, un hombre de 64 años de mirada desconfiada en un principio y expresión afable tras cruzar dos palabras, le gusta que le llamen así para pasar desapercibido como el pequeño punto que representa en el mapa su lugar de origen. , un pueblo navarro que siempre tuvo tres casas y una iglesia, de las que ahora queda poco más que el esqueleto.
A doce kilómetros de Lumbier, junto a la carretera que une esta localidad con Navascués, un camino sin asfaltar se bifurca a la derecha para llevar a este pueblo del Valle de Romanzado. Con un acceso mucho más fácil desde que en 2009 se construyera la variante del puerto de Iso, el lugar está ahora por completo deshabitado.

Pero hubo un tiempo, al menos hasta los años 70, en el que tuvo sus tres casas “llenas de vida” y un sacerdote predicaba en la iglesia de San Fructuoso, nunca dispuso de agua y la electricidad llegaba a medias desde una pequeña estación eléctrica en Rípodas.

“Lo más cercano para coger agua era la fuente que hoy en día queda al otro lado de la carretera. Todo el mundo contribuía para tener luz, a pesar de todo apenas valía para encender una bombilla”, rememora el hortelano de Iso, entretanto detiene su tractor de 1966 para dar paso a la calma propia del lugar.


Ovejas, cerdos, gallinas y vacas, además de las cosechas servían a los lugareños para sobrevivir. “Cuando faltaba algo íbamos a Lumbier y a Sangüesa. Para ir a la escuela también nos teníamos que desplazar, andábamos cerca de una hora por un camino para llegar al colegio de Napal”, explica al mismo tiempo que señala una reducida senda que se abre paso junto al cementerio.

Ahora, en medio de las ruinas y de los recuerdos, el último suspiro de vida se resiste a abandonar el lugar: un pequeño huerto con toda clase de hortalizas y una parra de uva moscatel que sirve de aperitivo a las miles de aves de paso que frecuentan el lugar.

Un pequeño oasis en medio del silencio, la soledad y el desamparo. Su dueño, “el señor de la huerta”, encuentra allí su vía de escape ante el apabullante ritmo de la ciudad. “En Iso nací y crecí hasta que mi familia, última en abandonar el pueblo en 1973, decidió seguir la misma suerte que nuestros vecinos y emigrar a Pamplona”, cuenta. Sin embargo, él sigue acudiendo día tras día al pueblo para cosechar los campos aledaños que le siguen perteneciendo y para mimar su particular edén.

En los últimos meses, otra familia se ha apuntado a reanimar el pueblo y acude de vez en cuando para reformar su vieja casa. Son los propietarios de Casa Ezquer, la vivienda con más propiedades en sus tiempos.

VÍCTIMAS DEL EXPOLIO

En Iso hay carroñeros con alas y carroñeros con piernas.  Unos habitan en los roquedos de la cercana foz de Arbayún y otros, una serie de foráneos que arrasan con todo lo que encuentran, dejan su sello distintivo por medio de hurtos y pintadas de mal gusto en cada una de las tres casas. Ellos terminaron de hacer lo que la naturaleza y el paso del tiempo habían empezado, de acuerdo con el testimonio del “señor de la huerta”.

Hace diez años robaron el arco de sillería y el escudo de la puerta de su casa que databan de 1631. Ahora, como ya no quedan antiguallas que apropiarse, optan por forzar el candado de la pequeña bajera donde guarda sus herramientas y el tractor. “Rompen media docena de candados al año, vienen a robar gasoil y aceite para el tractor”, explica y muestra las cerraduras forzadas.

El Romanzado conoce bien esta afición por apropiarse de lo ajeno, según publicó Diario de a propósito de la oleada de robos que sufrió el valle en 1998. Es una de las zonas en la Comunidad foral que acusa un mayor declive demográfico, al igual que otros valles y pueblos del pre-pirineo navarro. Con 158 habitantes censados en 2010, el valle acoge múltiples rincones en los que la vida está en peligro de extinción, así como los restos de las ruinas que descansan en estas tierras.
“El expolio no ocurre sólo aquí, esto está a la orden del día en los pueblos deshabitados, sino pregúntales a los de Orradre y Napal”, comenta indignado el último anfitrión de Iso. Después, vuelve a coger la azada para continuar con sus labores en el huerto, mientras recita entre risas un dicho popular: “Mal por mal, más vale Orradre que Napal”.

Imágenes | Charcodelocos

2 Comentarios

  1. Anonymous

    Al final ve la luz “el señor de la huerta”. Me alegro mucho. Me encanta.

    • Muchas gracias, señorita anónima. Te lo dedico, ya que tú siempre quisiste que viese la luz.

Deja un comentario