El mundo está roto

La semana pasada recibí la desesperación de una familia en 140 caracteres, el golpe de la mendicidad también instalada en las redes sociales. Una pareja pamplonesa lleva un tiempo pidiendo a través de Twitter un Rey Mago para sus dos hijos, de 6 y 2 años, estas Navidades. Aunque la les ha dejado sin recursos y sin trabajo, no quieren que también les arrebate el momento de ver la inocencia y la ilusión en las caras de sus niños un año más.

No era una llamada de auxilio en exclusiva destinada a mí, sin embargo sentí como si lo fuese. Había leído esas palabras y ya no podía mirar para otro lado, así que me puse en contacto con los interesados con el fin de conocer dónde podía hacer efectiva mi ayuda. Conseguí una dirección, un número de cuenta y un mensaje: “Sobre todo necesitamos comida”. Este grito de socorro 2.0 generó una serie de debates en la red, a mi alrededor y en mí.

 

A raíz de esta historia concreta, que no única, leí y escuché algunos comentarios que demuestran que el mundo se ha y junto a él sus corazones. Por poner algunos ejemplos sin citar nombres: “Ya no quedan pobres vergonzantes. Los auténticos pobres”, “Si tienen redes sociales es que se pueden permitir el capricho de pagar la factura de Internet. Yo no veo sino mucha cara”, Si das tu número de móvil acuérdate de desvincularlo del Whatsapp, que no somos tontos y vemos que no tienes dinero para regalos pero sí para teléfonos pijos”, “Llegarán las Navidades y tendrán más comida y juguetes que nadie”. Y así un largo y horrible etcétera.
 
Se me ocurren muchas situaciones diarias en las que nos hallamos en la misma dicotomía: ayudar o dejarlo pasar, y por simples que sean volvemos a evidenciar la calidad de la pasta con la que nos cocinaron. Por ejemplo, vas por la calle y alguien resbala y cae ante ti. Un niño, una embarazada, una anciana, un joven. Da igual. El caso es que, generalmente, no dudas en echarle una mano para levantarse. No te paras a pensar en millones de detalles que harían que no te agachases y le prestases tu ayuda a esa persona que la necesita. Al menos así era hasta que el ombliguismo pudrió los corazones: “Tiene cerca un banco, ya se levantará”, “Allá se acerca una pareja, ya le ayudarán ellos”, “Que no se hubiese puesto esos tacones”, “Es un niño travieso, ya escarmentará”. Lo mismo ocurre en el caso de la creciente indigencia. La gente rebusca agujeros en la historia que sirvan de excusa para no regalar su maldita solidaridad a quien más lo necesita.
 
Supongo que esas mismas personas que desgarran parches para que sangre más la herida o que ni siquiera prestan una tirita para frenar la hemorragia podrán brindar con el mejor vino estas Navidades y regalar a sus hijos la última versión del juguete más fashion sin remordimientos. Ellos necesitan más ayuda que nadie, tienen dinero pero les falta alma. El problema es que el mundo está lleno de “ellos”. Y me entristece. Hasta llorar.

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